El niño grande

De aquel enorme vientre gemelar, salió un único niño. Un niño grande. Lo suficientemente gordo para casi pasar por dos; lo suficientemente autosubestimado para sentirse que casi no valía ni por uno.
Y el niño grande creció gordo. Y sus complejos crecieron gordos dentro de él.
Creció inseguro de sí mismo, a pesar de que se supo amado desde antes de nacer.
El niño grande tuvo sueños de grandeza; no era para menos. Y por eso, siempre se exigió mucho; quizá más de lo que debía. Nunca tuvo necesidad de que en casa le pidieran buenas notas a cambio de castigos o regalitos. La presión venía de adentro, nunca se permitió dar menos.
Pero siempre tuvo miedo. Miedo al fracaso, miedo al rechazo, miedo a no ser lo que los demás esperaban (o a que los demás no lograran ver lo que él quería proyectar). Miedo a estar solo, miedo a abrir la boca, miedo al niño matón de la clase.
Y lloró. Lloró mucho. Muchas veces oyó la cantaleta de que los hombres no lloran. No importa que el agua salada venga en los genes, la procesión se lleva por dentro y punto.
Hasta que un día por fin la interiorizó. Quizá demasiado. Siempre supo que los extremos no eran buenos y por eso nunca le gustaron. Sin embargo, siempre tendió a irse a los extremos. Paradójico.
Y no lloró más. Al menos no en público. Se endureció por dentro y por fuera. Se creyó el cuento chino de que expresar las emociones hace vulnerable a la gente. Y no se permitió ser vulnerable, nunca se permitió mostrar afecto ni emoción alguna. Se volvió frío, hosco, escurridizo y evasivo. Incluso grosero e hiriente. No aprendió a encauzar sus emociones, y dañó a mucha gente sin quererlo. Qué le iba a hacer, el niño grande era así.
Y así encerró todo su potencial humano en una burbuja. Se creó una enorme coraza alrededor, para alejarse de todos, para no sufrir. No tiene sentido vivir sufriendo, se dijo. Y se negó muchas posibilidades por miedo a sufrir. Y la vida siguió, como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, dijo Sabina. Y la vida le pasó de largo al niño grande.
Y se hizo la idea de que todo estaba bien así, de que lo hacía por gusto, de que no le importaba. Es posible, hasta fácil, engañar a los demás, pero no a uno mismo.
Al niño grande le importaba. Y mucho.
Pasaron los años, y el niño grande enflacó, aunque sus complejos no se disiparon con la grasa. Aquellos gordos complejos se apretujaban en el cuerpo enflaquecido, pugnaban por permanecer dentro; hasta que no pudieron más y estallaron en su interior, lo inundaron por dentro, lo desbordaron por fuera.
Siempre quiso una vida perfecta, más perfecta de lo que es humanamente posible. Calculaba cada mínimo movimiento rayando en lo obsesivo. Siempre quiso controlarlo todo, y con frecuencia la vida se le salía de las manos, y terminaba logrando precisamente lo que tanto buscaba evitar.
Y el niño grande sufrió mucho por eso. No era culpa de nadie, desde luego, más que propia. Pero él no podía entenderlo, no quería aceptarlo. Llegó a pensar que sufría por gusto, que ese era su destino manifiesto, que las cosas no podían ser de otro modo. Qué le iba a hacer, el niño grande era así.
Hasta que un día, cuando sus penas fueron más penosas y sus amarguras más amargas, cuando iba de picada en su pozo sin fondo, vio la luz. No puede ser, se dijo, la luz no es para mí. Pero esta vez era cierto, la luz estaba ahí. El niño grande cerró los ojos con fuerza para no verla, pero no pudo. La luz era más grande que él, más fuerte que él.
Y la luz pudo más que él. Y poco a poco se fue empequeñeciendo dentro de su propia pequeñez, se fue enrollando como hoja marchita que lleva el viento. Y se dejó llevar.
Y el niño grande comenzó a dejar de ser grande, a dejar de ser niño, a dejar de ser.
Y algún día, quizá más pronto que tarde, como todo, como todos, el niño grande también ha de morir; aplastado por sus complejos, ahogado por sus penas.


Y ese día, nacerá el hombre.

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