... para eso son ellas?

En vista de que estoy muy desvelado, y de que el tema mundialista no recibió comentarios (lo cual me refuerza mi hipótesis inicial de que al parecer solo yo leo este blog… y bueno, si de todos modos siempre he hablado solo, ¿qué más da que ahora lo haga x este medio? en fin…)
La semana pasada leí un fragmento de una tesis sobre prostitución (Maritza Ortiz, no tengo el año), y aunque el objetivo final no era analizar específicamente este tema, hubo ciertas cosas que me dejaron con la bocota abierta… cito textual:
“toda mujer que busque trascender el papel socialmente asignado, corre el riesgo de ser percibida con algo de ‘puta’, y todo hombre que no intente aprovechar la oportunidad de sacar a la ‘puta’ que podría estar adentro de cada mujer, puede ser cuestionado en su masculinidad
O la cruda respuesta de “Mercedes” ante la pregunta: ¿qué es lo que usualmente te demandan a vos los clientes?
“Sexo, diay… para eso soy yo
Es decir, aunque esto es una realidad harto conocida en nuestra sociedad patriarcal, no deja de hacerme sentir mucha cólera y hasta un tanto de perplejidad… saber que tristemente hay mujeres que se dedican a dar placer mecanizado para sostener a sus hijos... y lo que es peor, que se creyeron la farsa de que para eso son ellas...
Y de paso también me recordó un texto que hice hace poco más de medio año, y que lo feché como de un siglo atrás.
(no lo habías leído, mosco? espero que te guste, mosco! en fin…)

Octubre 19, 1905.
Amanece de nuevo. Lo adivino por el triste cantar de un pajarillo y por un desganado rayo de luz que se filtra por la ventana entreabierta y golpea mis ojos entrecerrados. Quisiera no tener que despertar más, que todo esto terminara de una buena vez. A veces tengo la esperanza de que abriré los ojos y todo será diferente. Tomo fuerzas, los abro… ah, todo sigue igual.
El escenario cambia cada noche, pero la escena es la misma. Un cuarto oscuro y frío. Un penetrante olor a flores secas y animal muerto. Mi vestido desparramando sus mustios encajes sobre la alfombra. Al otro lado de la cama, siempre un cuerpo distinto. Sí, no puedo decir que es un hombre, es sólo un cuerpo… al igual que yo. Desde hace tanto tiempo siento que dejé de ser una mujer para convertirme en un cuerpo en venta, una mercancía sin valor, un simple despojo humano.
Pero me detengo en seco: no hay tiempo para cavilaciones. Debo irme bajo las sombras de la madrugada, antes de que las aldeanas salgan a cortar leña con las primeras claras del día; no sería conveniente que me vieran llegar a estas horas a casa. Además, la niña me espera. Me levanto presurosa de la cama, siento la humedad de la alfombra en mis pies descalzos, recojo mis vestidos en silencio, y de pronto mi mirada tropieza con el enorme espejo de marco victoriano que está a un costado de la ventana. Todavía en estos tiempos es un lujo tener uno tan grande. Me quedo ahí, mirándome fijamente.
¡Cómo he cambiado! Mis facciones se han desdibujado: mis párpados caídos, mis labios secos, mi macilento rostro apenas puede ocultar su palidez tras un par de kilos de maquillaje corrido por las lágrimas… ¿qué pasa conmigo? Mi cuerpo está tan marchito y consumido, aún no tengo tanta edad... ¿en qué momento caí tan bajo? Dios sabe que yo no quería hacerlo, pero ¿qué hacer? Necesito darle de comer a la niña que me espera en casa… y con suerte comer yo. Me visto rápido; sé que él no va a despertar, pero tengo que llegar antes de que salga el sol.
Salgo por la puerta trasera y avanzo a tientas hacia la polvorienta callejuela de adoquines que conduce a las afueras de la ciudad, desde donde tendré que caminar a toda prisa un par de millas más, hasta el pie de aquellas colinas, para llegar a la pequeña aldea donde me esperan la niña y mi eterna soledad. Paso casi corriendo frente a las viejas casas del callejón: aunque todavía la mañana no termina de aclarar y queda algo de neblina de la fría madrugada, veo sus lúgubres fachadas descoloridas por el polvo. Sopla aún la brisa helada del amanecer, me sujeto con fuerza el rebozo y apuro el paso; ya casi sale el sol y me falta camino.
Luego de casi una hora de camino, llego a la humilde casucha de tablones de cedro macho, a tiempo para oír el llanto de la niña hambrienta. Me siento a su lado, miro los mechones de pelo rebelde que caen sobre su rostro colorado, esos ojitos negros que me observan fijamente, con desconcierto y algo de compasión… no puedo evitarlo, lloro con ella. Todavía guardo la esperanza de que algún día abriré los ojos y todo será diferente… espero que al menos lo sea para ella.

1 comentario:

Anónimo dijo...

MAE NUNCA ESTÁS HABLANDO SÓLO... DESDE QUE SOS UN CARAJILO HAY ALGUIÉN QUE TE ADMIRA Y SIEMPRE TE ESCUCHA...
¡TQM!
LÁSTIMA QUE NO HABÍAS COMPARTIDO CONMIGO TU ESPACIO Y PERDONÁ SI SENTÍS QUE LO INVADÍ!!!