Un loco bajo la lluvia

Ayer por la tarde salí a caminar. Fue una típica tarde de julio post-veranillo. De esas con mañanas de sol calcinante y tardes de diluvio, o en las que se cumple aquello de “mañana oscura, tarde segura” (segura de qué? …ni idea). Por lo tanto no me extrañó en lo más mínimo que a mitad de camino se regara medio cielo sobre mi cabeza, con goterones tan fuertes que golpeaban.
Sin embargo, esta vez no despotriqué contra la lluvia (a pesar de que me ando mojando por voluntad propia, siempre termino maldiciendo porque me mojo y se me empozan los zapatos). Ayer me quité los lentes, saqué la greña del gorrito que la cubría, y dejé que la copiosa lluvia, de goterones tan fuertes que golpeaban, me mojara el pelo y me chorreara por la cara. La ropa se me puso pesada y los zapatos se inundaban cuando pisaban los charcos. Pero nada de eso me importó. Ayer, por primera vez en mucho tiempo, disfruté la experiencia de mojarme.
Eso me hizo recordar un añejo episodio de niñez, la primera –y creo que fue la única– vez que fui llevado a “la dirección”, estando en el kinder. La terrible falta: jugar bajo el aguacero y llegar empapado a clase. Me pregunté por qué privarán a los niños desde tan corta edad de disfrutar esas cosas tan simples y tan ricas, como jugar bajo el agua o explorar la tierra con las manos o acariciar al zaguate desnutrido de la esquina o simplemente demostrar un poco de afecto genuino a alguien. Y son estas pequeñas cosas las que le dan sentido a la vida.
Y a propósito de eso, como dijo Merilee S. Grindle refiriéndose al PIB:


“el producto nacional bruto no toma en cuenta la salud de nuestros hijos, la calidad de su educación, ni el gozo en sus juegos. No se incluye en él la belleza de nuestra poesía, ni la solidez de nuestros matrimonios, la inteligencia de nuestros debates públicos, ni la integridad de nuestros funcionarios públicos. No mide nuestro ingenio, ni nuestra valentía, tampoco nuestra compasión o nuestra devoción a la patria; en pocas palabras, lo mide todo, menos todo aquello que hace que valga la pena vivir la vida

Por eso, ayer no me importó si los ruedos de mis pantalones se ponían pesados por el agua, si mis pies nadaban dentro de las tenis, si la ropa iba a durar una eternidad secándose por falta de sol, si el precio de mi travesura iba a ser una gripe asesina, si la gente me miraba raro por la calle, como si estuviera loco… En cierta parte ayer fui un poco más loco que de costumbre. Un loco que camina bajo la lluvia. Pero fui un loco feliz. Y eso es todo lo que importa.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es que ese es el dilema de nuestra existencia, el qué dirán, por eso es que nunca caminamos bajo la lluvia (porque "los grandes" no hacemos eso, debemos ser serios).

Caminar por una tarde de lluvia...a mí me pasó lo mismo hoy, cuando iba con dos amigos tratando de taparnos -y librarnos- con solo una sombrilla de ese aguacero. Pero...¿porqué no me quise mojar? Ay, es que quién sabe qué dirán si me ven así, que falta de seriedad.

Y lo peor del caso, es que esta castrante sociedad nos obliga a actuar de esa manera, pues nos enseñan que tenemos que ser "así" y "asá" Pero ¿¿¿¿¿POR QUÉ?????

Porque no podemos ser locos...

Porque es malo...

Porque somos niños buenos...

¿Y si estamos locos? Pues yo quiero ser diferente, entonces, al mejor estilo Alcohólicos Anónimos (sin ofender a nadie):

Sólo por hoy...voy a caminar bajo la lluvia.